domingo

En ningún sitio como en mi jardín



Nunca, nunca, en ningún lugar del mundo voy a estar como en mi jardín. Aquí me siento en cierto modo libre, aquí respiro tranquila, aquí estoy sosegada. Mi jardín es cálido, protegido de los vientos del norte,  fresco y húmedo a la vez, y sobre todo muy luminoso y acogedor, me colma de satisfacciones, diría de mi jardín que es un lugar casi feliz. En ningún sitio voy a estar como en mi jardín. Protegida del mundo y de sus perfidias. En mis dominios. En mi sitio. En mi mundo pequeño y recogido, donde me siento al resguardo.

Dicen que hay mundo más allá del jardín, ancho y misterioso, esto me trae agradables recuerdos de una novela de Antonio Gala, el paso de los años y el poso del olvido no han conseguido borrar frases memorables de su jardín, oculto tras la tapia. Hay y suceden tantas cosas, en el mundo más allá del jardín. 

Yo tampoco quiero traer una rosa del estercolero, ni mirar flor de huerto ajeno, ni cortarla para mi jarrón, ni transplantarla a mi jardín.  Me basta con saber que está allí erguida, regada y bien abonada,  poder verla y olerla, y regresar de nuevo a la protección de mi jardín. 

En mi jardín no hay rosas. Las rosas tienen espinas y aquí todo es elegido, recogido, verde, limpio, puro, no pincha ni tiene polvo ni corta, no se atreven a entrar ni las hormigas en mi jardín. No se permiten espinas ni cardos de fuera. En él puedo andar descalza al descuido, y sentir el frescor de la mañana en mis plantas, pisar la hierba y sentirla entre mis dedos, haciéndome cosquillas, mojándome los pies. Sólo es mayor que la paz interior, la paz que se respira en el exterior. Lanzarme al agua y nadar, bañarme en el sol del invierno o resguardarme en la sombra de la pérgola al mediodía. Gozar de la ansiada soledad, de la protección de lo que está cerrado con llave y candado, del ocultamiento que me ofrece mi muro a lascivas miradas ajenas.

No sentiré el calor ni las pieles sudorosas de los que se quedan fuera. Ni otras muchas cosas que he evitado largamente el sentir. Para ello debiera antes traspasar los límites del jardín. Arriesgarme a salir de aquí. Exponerme al campo, a los caminos, al asfalto, a la lluvia, a los charcos. Me da miedo hacerlo, sí. Perderé sus dones, la inestimable soledad y la barrera de protección que rodea mi controlado mundo; mi cuerpo, mi mente, serán expuestos a la vergüenza de las miradas ajenas...  a las palabras engañosas de los extraños...   a los empujones de aquéllos que tienen prisa...  al hambre y a la sed... a sufrir heridas quizá... al placer desconocido...  al dolor que tanto he temido...  a la tristeza reconocida...  a la alegría añorada....  al peligro, a la libertad de la vida del exterior...  no hay aburrimiento mas allá del jardín.

ALz.






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