... nada. Nada filosófico, y apenas nada en lo real. No lo creo.
Quizá no sabes qué sabes ni cuánto sabes. El conocimiento vive enjaulado tras el cráneo de la mente. Lo material y lo inmaterial se funden en las mismas estructuras.
El saber se halla reposando. Inaccesible en ocasiones, como flores tras una valla. Pero están, aunque no las puedas alcanzar sin abrir la puerta.
Lo que sucede es que en ocasiones no puedes acceder a todo lo que sabes. Es lo que sucede con el olvido.
-Si sé, ¿cómo es que no sé lo que sé? (A veces no quiero saber)
¡Para nada! Sí sabes. Sabes que lo sabes, aunque no sepas qué sabes.
En ocasiones se nos mete alguien en la cabeza y nuestros pensamientos le persiguen. Por su belleza, o el placer, que aspiramos poseer o alcanzar. Por el daño que nos hizo, y que no podemos todavía olvidar. Por una cualidad que deseamos, le atribuimos y proyectamos.
Nuestra intuición nos da cuenta en muy escaso tiempo del rechazo. En unos pocos minutos, percibe que no le caes bien a alguien; que no te es receptivo; que no eres bien recibido; que no le gustas; que no te desea; que no está por tí. Que la respuesta que te está dando no es favorable ni la esperada. Que sus palabras no hieren, pero duelen. Sin embargo, No hablan las palabras; habla un cuerpo y el otro cuerpo entiende.
Insistimos porque aprendimos a perseguir quimeras e imposibles. Nos gustan los retos y soñamos que la vida es como una comedia americana, feliz al final. Pensamos que sólo depende de nuestra perseverancia el triunfo, de nuestra actitud que nos acepten, nos quieran, nos deseen o nos respeten; de nuestros desvelos que tal persona recapacite, cambie y se avenga a lo nuestro.
Pero no es así y nosotros no conocemos las razones ajenas, conscientes e inconscientes, ni podemos aspirar a dominar más mente que la propia ni más cuerpo que el que somos. Se dice que no debes perder el tiempo tratando con prioridad a quien te tiene como opción, y yo añado, o como felpudo.
No le des una segunda oportunidad a la humillación. No dediques ni un minuto de tu tiempo a quien te perjudica, ni a un pobre desgraciado que va de cabrón por la vida, contigo. No hagas aprecio a quien hace de tí desprecio. Y este es un consejo que te doy, amiga mía.
No le culpes si en su inconsciencia un día te lanzó una flecha y se te ha clavado ahí, donde más te duele, donde te imposibilita el seguir caminando.
Te pusiste a tiro y qué más da, hay que seguir; vivir es sentir e implica también sufrir heridas. Arranca pues esa flecha de tí y arrójala muy lejos, detente; permítete curar y comprender y sigue tu senda.
¿Es preferible decir "yo no sé" ó "a mí no me consta" que es no decir nada, que decir "yo no he sido" ó "pasó así o asá" y mentir?
Depende; si vas de testigo no mientas. Si vas de imputado, o de político, tienes libertad para engañar, para mentir, para no declarar en contra de tí mismo aquello que pueda perjudicarte o hacerte perder votos futuros, para prometer y no cumplir, para cualquier cosa que te haga salvar el culo.
Y es que en definitiva, todo queda en la esfera de tu interior, a menos que te descubran y, mientras eso llega, si es que llega...
De lo indignos que somos. De cuán concupiscentes. De lo crueles que podemos llegar a ser. Tras una venerable fachada, con total desfachatez, se miente, se daña, se mata.
Vergüenza. De la magnitud del daño infringido. De la inmensidad del dolor provocado que pudo ser evitado, pero que padecieron otros. Los otros.
—El otro día un hombre borracho me dijo que nunca me ha entendido y que desde que me conoce me tiene tirria. Y yo creo que hace varios años de eso...
—¡Vaya, pues si que has tardado tiempo en enterarte...!
—Y que lo digas, lo que ha tardado él en decírmelo. Bueno, de alguna forma lo intuía, porque nunca me trató de forma amable, pero pensé simplemente que era un tipo desabrido...y ahora que lo digo, además es un impresentable. Siendo como somos podemos caer bien o mal o peor o fatal a la gente, ya se sabe que hay que convivir con eso; pero sorprenderte con una bronca pública por minucias... ¡es un hecho histórico!
—Y si a tí nunca te había dicho nada en privado, ¿por qué te lo tiene que echar en cara delante de sus amigos?
—Para sentirse arropado e importante, él sabrá. ¿Por qué le caigo mal? Todo el motivo que acertó a decir fue porque escucho música con auriculares desde el móvil para concentrarme en mi trabajo y teme que no le escuche a él.
—¡Es que le has tocado el ego sin querer y tú sin darte cuenta! ¡Por afanarte, en vez de oír las chorradas que dicen él y los demás! Olvídalo, un hombre embriagado, no está en su raciocinio, no es dueño de sus impulsos, ni de sus palabras.
—Ya, supongo que no lo estás justificando, porque considero que un borracho no pierde el conocimiento, sino que sólo pierde la vergüenza; Dijo lo que piensa, y lo que dijo dice de él, no dice de mí, sólo a él lo califica.Pero fue bastante desagradable para todos los que asistimos al espectáculo.
—Te creo; desde luego, no le justifico sino que busco una explicación objetiva y racional a su repentina actitud contigo. Antes mantenía las formas, por lo que veo.
—No la hay. ¿Alguna vez una persona en público, sorpresivamente ha volcado sobre tí todo el resentimiento, ira y frustración que tu presencia y la de otros le hacen sentir? Si es así sabrás lo que es sentirse perplejo ante un volcán en erupción.
—Desde luego que no. Pero... ¿le diste pie?
—Al contrario; no contesté sus preguntas ni entré en discusión, aunque insistió repetidamente, porque (ya lo dije entonces y lo repito ahora):
Uno. Me importa un pimiento su opinión y lo que pueda hablar de mí a mis espaldas.
Dos. Lo que diga yo es irrelevante para modificar su criterio y percepción.
Tres. No tuve ninguna necesidad de mostrar mis pensamientos ni mis sentimientos a requerimiento suyo y era mi voluntad no hacerlo.
Cuatro. El tipo cuando esté sobrio no recordará ni la mitad de lo que dijo ni lo que hubiera contestado yo.
Y cinco. Yo tuve la última palabra, porque cuando me cansé de su (mal) rollo me despedí y me fui; y hasta entonces, mantuve estoicamente el tipo y la lucidez suficiente para que todo eso no me afectase.
—¡Vaya! Le habrás cabreado aún más... Vas de sobrada por lo que veo...
—Es posible; pero ¿sabes qué?: Beber tanto no es bueno.
ALz.
PD: Si bebes, ni conduzcas ni digas tonterías.
Foto: Fiesta en ARCO 2013.
Video: Borracho; por el contrario, joven y simpático.
Sabemos apenas nada del ayer, y lo que creemos conocer es incierto. Lo que fue no nos pertenece, ni siquiera aquello que vivimos o compartimos. Interpretamos todo lo que vemos. Aprehendemos los recuerdos de forma selectiva bajo condicionantes inconscientes, y hasta la memoria, más que nos falla, nos engaña.
No podemos recuperar lo pasado; lo que sucedió nunca podrá ser modificado ni continuado en el punto donde lo dejamos aquél entonces. Podremos comprenderlo mediante un ejercicio de humildad, contrastando los recuerdos y sentimientos que a otro produjo con los nuestros; sin juzgar, sin cuestionar. Pero casi nunca nos atrevemos a exhumar lo que ocurrió. (No vaya a ser que huela; no vaya a ser que duela.)
-Sólo quiero saber qué te pasó. No te diré que no estuvo bien lo que hiciste, aunque lo pensé, porque ahora sé que tal vez.
Las consecuencias de los yerros y de los aciertos del ayer los pagamos aún hoy y nos sobrevivirán en el futuro. Tal vez aquéllo nos cambió la vida, y la de otros. Nos fijamos especialmente en los agravios y en las decisiones equivocadas que nos produjeron dolor, errando de nuevo al prescindir de lo bueno como si nunca hubiera existido.
-Aún recuerdo cuán satisfactorio fue tomar el camino que concebí correcto.
Ojalá pudiéramos entender, perdonar y sanar nuestra experiencia. Nunca es preferible el olvidar. Rehabilitar el pasado es entender lo que sucedió, y que fue necesario para que llegáramos a ser lo que somos hoy y la forma en que afrontaremos el mañana.
En el agua no se puede, me dijo. Y yo le dije, -Ven, que no nos ven. Y vino nadando a mí y enredó sus piernas en mi cintura buscándome la boca. Se hizo lo que se pudo. Que fue todo.
No hizo el menor amago de tocarla.
Si lo hubiera hecho, se hubiera dado cuenta de que bajo el corto vestido de
seda ella iba completamente desnuda. La tela resbalaba sobre sus pezones,
estimulándolos, enhiestos, pero él no se dio cuenta de nada. No le había convocado para que la tocase, ni siquiera
para que la mirase, sino para que la oyera y luego ya veríamos; y comenzó
enseguida a hablar. Craso error. En consecuencia, él ni la tocó, ni la miró, ni siquiera la
escuchó. Y mucho menos la entendió. Y no hubo nada que ver.
Cuando una mujer tiene algo que
decir que ataña a sus sentimientos, más le vale que aprenda a resumirlo en
dos minutos y que ensaye palabras sencillas para explicarlo. Ése es el tiempo
que un hombre está capacitado para prestar atención a tan espinoso tema y él ya
se había abstraído cuando ella apenas había comenzado a calentar su discurso
emotivo. Enseguida comprobó que a él le resultaba muy incómodo escucharla, que decía no
comprender por qué ni de qué forma la había ofendido, y que tenía una prisa inusual
por acabar el trance e irse. Abrevió, y en consecuencia, le dio carretera. Es
el único lenguaje que él iba a entender, y noqueado, obviamente no iba a hacer nada por revertir la situación o evitar el desenlace.
A los pocos días ella, tomando un
gin-tonic con una amiga en una terraza, le contó por encima por qué le había dado carretera al tío que se follaba, y que su cuerpo lo añoraba. A la segunda copa convinieron que los hombres no
tienen sentimientos, ni sienten la menor empatía humana. Que dirán que las mujeres son muy
enrevesadas, pero es que ellos sólo comprenden las cuatro emociones elementales: ira,
alegría, sorpresa, aceptación; y, algunos ni siquiera saben que las dos últimas
existen. Ah, y que se suba o que no se levante, eso sí. Y que si mezclas más de una y en varios
sentidos, complicando la ecuación, ellos no se enteran del lenguaje sentimental
y son incapaces de reconocer las emociones en los demás, especialmente en las demás.
—Jo tía, estás ajilipollada. No se puede ser amiga de un tío si además te lo follas. —Pues va a ser que es verdad. —Por eso. Va, tía, pasa y anda; pide otra.
A los pocos días él, tomando unas
cañas con un colega en la barra del bar, le contó por encima que le había dado
carretera a la tía que se tiraba. A la segunda caña coincidieron que las mujeres eran todas igual de
complicadas, ¡serán las hormonas, joder! y que no hay quien las entienda; que aquélla no estaba contenta
sólo con follar y que le pedía más atenciones de las que él estaba dispuesto a dar.
—¡Guau, mira! ¡Pero qué buena que está ésa
que pasa por ahí enseñando cachaaa! ¿Qué paasa?
—Pues ná tío, que además quería verme ca 2 x 3 y que la comprendiera, qué sé yo.
—¡Jo, qué miedo! Eso suena a relación o a excusa, ¿no?
—¡Uf, eso sí que noooo, vaya rollo chaval!
—¡Calla, calla! Pues a otra cosa tío, pasa; a buscar otro coño.
—Por eso. Oye tío,
ponme otra caña.
Lo que sucede es la única cosa que podía haber sucedido. Y las cosas siempre suceden en el momento apropiado, nos demos cuenta de ello, o no.
Precisamos de una cierta perspectiva temporal para comprender que los sucesos se han ido encadenando, siguiendo un plan que urdimos tal vez inconscientemente, y que hoy se cumple punto a punto, paso a paso, año tras año.
Pensar que tu dios, el universo u otras personas lo han preparado para tí, sin tu intervención, es despojarse de todo poder, de toda voluntariedad, de toda responsabilidad.
Excepto lo que dependa de tí mismo, todo lo que dependa de los demás fracasa. No dan la talla de nuestra propia medida.